Y LOS MOMORANTS TAMBIÉN...

Pero el amor, esa palabra...”
Julio Cortázar

Habían sido felices, hasta que comenzaron a vivir, un siete de mayo de mil novecientos quién sabe cuánto. Él dijo: “Lo que no ha empezado no se puede terminar”. Ella ubicó la cita en un viejo disco de vinilo: “La carrera de los cocus. Soundtrack de la película Alicia en el país de las maravillas de Walt Disney. Canal 4. lado A.” Él rió. Ella guió las manos de él hasta sus senos, apretó sus dedos, fuerte, y continuó: “Esta carrera durará una eternidad”. Aún entonces pensaron que las buganvilias nacían en febrero.

Svidrigáilov, él, soñaba que la Luna fuera cuadrada, con todos sus ángulos bien definidos y la cara pulida y tersa como un inimaginable espejo azul, muy natural, para diferenciarse perentoriamente de la Tierra. Sarina, ella, opinaba que como estaba, estaba bien, porque la función de la Luna era dar vueltas y vueltas alrededor de la Tierra. Decía: “Lo que da vueltas rueda, y lo que rueda debe ser redondo”. Era su única discrepancia. Y lo era principalmente porque para él la Luna era mujer y para ella simplemente era la Luna. Eso le gustaba de ella a él, su inveterada manía por intentar cifrar el nombre exacto de las cosas (aunque lo de exacto sólo fuera por así decirlo). Ella odiaba, por ejemplo, llamar unicornio al unicornio por el simple hecho de tener un único cuerno. “Así –decía- hasta una vulgar cabra mutilada podría ser un unicornio”. Pero con cuánta perversidad llamaba piedra a la piedra, como si su sólo nombre fuera una condena, una maldición bíblica de la que nada ni nadie pudiera redimirla jamás. A contrapelo de ella, él llamaba piedra indistintamente a un corazón o a una manzana, lo mismo.

Y así eran, en justas cuentas, Svidrigáilov y Sarina.

Así eran. Pero no siempre habían sido.

En realidad, él tenía un nombre más modesto, se llamaba Juan. Pero ella lo había bautizado como Svidrigáilov desde que lo conoció en una cola para el autobús del circuito playero. “Con un nombre como Juan sólo se puede vivir siendo un Juan”, había explicado entrecerrando el ojo izquierdo, en un gesto tan suyo. A él no le molestó el nombrecillo, al contrario, le sirvió para forjarse una nueva personalidad. Y los días siguientes, en el instituto, en la alameda, en la playa, en la cola para el autobús, ya se sentía y presentaba como Svidrigáilov. No volvieron a verse en meses, sin embargo. Aunque tampoco les costó trabajo reunirse porque se habían buscado de la única manera en que sabían buscar: esperando. Y cuando se reencontraron, durante un fin de semana en Chosica, funcionó la química. Él había asimilado un alma verde limón a sus huesos duros y compactos; ella se sorprendió al distinguir un aura que nunca antes le había visto. “El propio Svidrigáilov se moriría de envidia”, sonrió divertida. Se saludaron. Se husmearon. Se contaminaron. Se reconocieron. Cruzaron el puente de Chosica en ida y vuelta varias veces, comieron anticuchos de carretilla, se bañaron en el río, retozaron en su orilla y, esa misma noche, enfundados en una bolsa de dormir, en el parque, hicieron siete poses del amor. En la cumbre del séptimo cielo, también él la rebautizó: Sarina.

Y desde entonces fueron Svidrigáilov y Sarina. Y todo lo que siguió fue un invento de sus nuevos nombres de pila. Él fue haciéndose más tierno cada día; ella más hermosa. Él cultivó enormes jazmines y rosas, que ella deshojó sin prisa. Durante dos años, cuatro meses y quince días.

Sus continuas citas, sus ocupaciones mutuas, sus preocupaciones absurdas y sus bárbaras diferencias, fueron tejiendo una historia que bien pudo haber sido una falacia, un sueño. A los dos meses de su primer encuentro en Chosica, Svidrigáilov supo que algo grave se había instalado entre ellos, pero nunca atinó a dar con el qué adecuado. Sarina lo hizo, apelando a su listado de citas de películas de Walt Disney. “Cada oveja con su pareja –dijo- ¿Tú no te casarías con una pantera, verdad?”. Svidrigáilov comprendió que sí. Y sonrieron. Supieron lo que eran. Y en adelante, fueron los buenos tiempos del regocijo, de la vida en común y los días azules de risa en popa. Fueron pareja. Dispareja, como toda buena pareja. Él escuchó jazz y rock de los sesenta; ella cantó a dúo a con Pavarotti y la Callas. Él soñó con París en una tarde de un viernes diecisiete de mayo; ella con Bangladesh a las cinco de la mañana de un día cualquiera. Él leyó a Proust y a Cortázar; ella únicamente lo leyó a él. “He descubierto que la mejor literatura está escrita en los ojos enamorados”, dijo pegando sus ojos a los suyos. Pretendieron escribir la mejor literatura de ojos que se hubiera escrito en todos los tiempos. La escribieron.Siempre reían. Aún cuando la solemnidad de la ocasión requería algo serio, ellos reían. Ante la gravedad de las estrellas, también reían. Con más ganas. Excepto una noche de noviembre, cuando Svidrigáilov se vio en el espejo y descubrió el fantasma de Juan acechando detrás de sus ojos. Esa noche, Sarina lo escrutó de cabo a rabo, preocupada, y recompuso el hechizo: “Eres un dibujito de Walt Disney”, dijo. “¿Cuál dibujito?”, preguntó él. Ella no tenía definida tal magnitud de detalle, de modo que tuvo que repasar sus recortes de las películas de dibujos animados hasta que Svidrigáilov aceptó cierta semejanza con el Twedle Dum -de ningún modo, nunca, con Twedle Dee- de Alicia. Luego le cantó a voz en cuello:

“Un día que llovió al revés,
la lluvia empapaba el sol;
la Luna se reía de él,
y los momorants también”.

Svidrigáilov, divertido, aprendió la tonada. Y se sintió reconfortado. Fue feliz, imaginando la imposible tarea de primero contar y luego barrer todos los granos de arena de la playa. Sarina, presurosa, acudió en su ayuda.

Pero fue entonces cuando dividieron sus opiniones irreconciliables sobre la forma de la Luna. Él dijo que debía ser cuadrada y ella que estaba bien con lo redondo de su forma de Luna. No lo supieron, sin embargo, paulatina, secretamente, ésa, que sería su única diferencia, fue haciéndose su nexo principal, único, insoslayable. Él siguió llamándola Sarina; ella comenzó a eludir su nombre, a escamotearlo. En el entretiempo del amor, una vez, él preguntó angustiado: “¿Qué somos, Sarina, qué somos?”. Con la misma seguridad con que llamaba piedra a la piedra, ella respondió: “Un sueño”. Entonces cayeron en la cuenta de que despertar estaba prohibido, que abrir los ojos era un suicidio. Los siguientes días, él se miró en el espejo arrullándose con canciones de cuna, y ella caminó de puntitas tratando de no hacer ruido. Para no despertarse. Hacían el amor en cualquier apartado a cualquier hora del día, con desesperación, con la última ansiedad de sus días. “El buen valium del sexo”, decía ella. Y soñaban. Y dormían.

Nunca supo Svidrigáilov si fue el ventarrón fulminante o el desperezamiento natural del cuerpo lo que los separó una mañana de primavera. Sin embargo, dos años, cuatro meses y quince días después de su primer encuentro, sin remordimientos, quizás confundidos por la nueva luz del día, los ojos de Sarina se abrieron y decidieron que habían de seguir abiertos por algún tiempo. Aunque directamente ella no dijo nada, él lo supo de inmediato cuando la escuchó nombrarlo por su antiguo nombre de pila: “Juan”. Meses después, en la soledad de su cuarto, él pensaría: “Svidrigáilov era un sueño, un sueño de ella; y Sarina era el sueño de Svidrigáilov, un sueño del sueño de ella”. Y reiría: “¿Quién era el sueño de quién?”. Dejar de ser Juan para convertirse en Svidrigáilov no había sido señal de nada. Pues ella había dispuesto el nombre, él la personalidad adecuada. Pero Svidrigáilov era Juan y era Sarina, y era el inveterado gusto de poner un nombre exacto a las cosas. “Somos un sueño”, había decretado ella. Y él sabía que ser un sueño suponía la capacidad de soñar. Y que soñar no era mirar de costado a la vida, sino enfrentarla y escupirla en la cara, atravesarla como un anticucho con la espada de la ilusión y los buenos deseos. Entonces, ¿qué importaba saber quién inventaba a quién?, ¿qué importaba?. El siete de mayo de mil novecientos quién sabe cuánto, cuando comenzaron a vivir, él preguntó: “¿Qué quieres hacer?”. Ella repuso: “¿Yo no sé, ¿qué quieres hacer?”. Él siguió preguntando: “Y yo qué sé, ¿qué quieres tú hacer?”. Ella respondió: “Yo no sé qué quieres tú hacer”. Rieron. Ella ubicó la cita en otro viejo disco de vinilo: “El Oxigenao y el Despeinao, los zopilotes de El libro de la selva. Canal 3. Lado B”. Apretando sus senos, con timidez calculada, Svidrigáilov repitió convencido: “Esta carrera durará una eternidad”.

La Luna se reía de él, y los momorants también.

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1 comentario:

Astrid Perellon dijo...

Me fascina Sarina!
Qué personaje tan curioso el de Juan.
Quién sueña a quién es el meollo de todo este relato, creo yo.
"Lo que se es que el sol se lavó la cara y ya más limpio se vio. Mucho mejor brilló..."