Sin embargo, fuera de los viernes diecisiete, ella era la alegría esculpida en carne. Yo hasta pensaba es tan feliz que sus aires se desvanecen al contacto común con las rosas, y tenía motivos para pensarlo. Era menuda, breve como un suspiro, sus risas eran ágiles y su sexo implacable y fino. No tenía edad, de hecho el tiempo no significaba nada para ella (a tal punto que me contagió su anacronía y ninguno de los dos recordó nunca cómo ni cuándo nos conocimos). Ella decía eso es bueno porque sólo la certeza de un comienzo trae consigo la certeza de un fin. Y reía. También planeaba sembrar un gigantesco bosque de árboles donde miles de parejas pudieran hacer el amor como los mismos dioses, porque le preocupaban el amor y la ecología. Pero su ilusión máxima estaba en la música: soñaba con tener su propia banda de jazz y cantar como Ella Fitzgerald. En ese sueño acostumbraba reinventar a los clásicos Bird, Dizzy y Miles, y colocarlos en su banda, tuteándolos como si fueran sus hermanos menores. Muy preocupado yo le decía vuelve a tu lugar y tu tiempo alienada, pero ella soltaba un alarido y entre risa y risa me contestaba bupbadabap babudubap bipbipbap, y sin más ni más me obligaba a bailar un shimmy o un foxtrot desenfrenado. Así era ella. A veces se paraba en medio de un centro comercial o de alguna calle y a voz en cuello cantaba I can’t believe that it’s true, sin importarle el real escándalo ni el ridículo que yo pudiera estar sintiendo. Y gozaba. Pero con el tiempo me acostumbré a sus cantos y sus risas, con el tiempo me fui haciendo a su imagen y semejanza, y de pronto ya no era sólo Ella quien cantaba como loca en las calles, sino eran Ella y Frank en los parques, Billie y Sach en los micros, Sarah y Bing en los cines, Liza y Sammy en los mercados, y ella y yo en todas las esquinas, riendo y cantando en las esquinas, leyendo a Prévert en los jardines, ella y yo, haciendo el amor en los árboles y en los baños.
Por esos días yo no sabía lo mucho que ella luchaba por ser humana, mortal. Ahora pienso quizá por eso seleccionó los viernes diecisiete para ser triste y poder materializarse, quizá. Porque ella era casi etérea, tan leve que podía flotar y volar si se le antojaba. Tan diferente a mí: sólido y tristemente concreto. Solía mirarme y decir yo soy una libélula que quiere levantarte a ti que eres un árbol gordo y de raíces profundas; entonces yo pensaba ahora me va a explicar sus impresiones reales acerca de la vida, y me preparaba para escucharla, pero de pronto le venían ganas de hacer como los changos y nunca lograba explicarme nada más.
Habíamos subido a miles de árboles y teníamos un mapa con los más cómodos baños de restaurantes de la ciudad, cuando le dije he querido recordarte pero no pude porque siempre estás presente. Ella se descompuso al oírme, y fue la primera vez que la vi triste un día que no fuera viernes diecisiete, porque calló todo el día y sólo a medianoche me despertó para decirme es porque nada sabes de mí y sólo me inventas. Entonces jugamos a odiarnos. Escondimos nuestros secretos e inventamos pistas falsas para burlarnos. Y para llegar al límite máximo de nuestros juegos, jugamos a seducirnos y gozar un sobreactuado amor que nos destripaba de gustos increíbles. Era un juego confuso. Ella decía la única regla es mentir, mentir hasta el fin de los tiempos, mentir hasta creernos. Tal vez de tanto mentir y mentir llegamos a ser verdad, porque cantando, recitando o haciendo el amor supe que me había elevado a su séptimo cielo, supe que navegaba en los mares felices del absurdo y supe que nunca jamás volvería a preocuparme por la vida.
Pero no conté que con la noción del tiempo el alma se le fuera gastando. Porque parecía la misma y de pronto ya no era. Una vez me dijo yo soy la luz que se apaga cuando el día va llegando, nunca entendí sus palabras porque para mí hasta el día más soleado podía resultar oscuro si no estaba ella. Sin embargo, ese día debió llegar (o quizá le fallaron los cálculos y se fue cuando aún no había llegado, quién sabe), pero una mañana no la encontré ni en los árboles, ni en los baños, ni en las calles. La busqué en el jazz, en Prévert, en Ella, en mis mentiras, y no la encontré ni en el último sorbo de mi café vespertino. Miré el calendario: era viernes diecisiete. Ella había desaparecido. Al sentirla ausente por primera vez desde el olvidado día en que entró en mi vida, al fin pude recordarla, y sólo entonces caí en la cuenta de que no sabía ni su nombre. Pero decidí que ése era un detalle subsanable y la bauticé como Katty. Por nada especial, como el aire es aire, como la flor es flor, simplemente Katty. Desde entonces no he vuelto a verla, ni he vuelto a hacer el amor en ningún árbol ni en ningún baño; pero los viernes diecisiete siguen llegando, uno tras otro, y entonces la pienso, asumo todo el peso del día y sin más ni más lloro, simplemente lloro, por todos los hijos de puta del mundo, lloro.
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4 comentarios:
Entiendo.
y pensar que se llama como yo
Muy buen cuento
Pues de verdad si estaba loca, jajaja. Y pues no tiene sentido llorar si después no te vas a poder reír. Aquel que es experto en la tristeza, que la ama y la atesora, y hasta la manipula para llorar "un viernes 17" sabe que la risa es muy importante y la anhela sincera y plena en un día cualquiera con una persona cualquiera que se nos convierta en la más especial del mundo por el momento que nos dure la risa...
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