Suelen reunirse los aletrados en torno a la efigie de un gran Libro Azul de tapa cerrada. Es una llana escultura de frío granito que en otros momentos ajenos al rito, sirve indistintamente como mesa de comida o punto de apoyo para labores diversas. Simboliza –dicen los temporales jerarcas de este nutrido club- el desprecio que sienten por la antigua vigencia de la malhadada letra.Todos los viernes de cada dos semanas, enjaezados con sus mejores galas, los aletrados –en grupos de 50, 100 o 500, según la densidad de la ciudad o zona- conversan, bailan, beben y cantan después de seguir sin mayor esmero la palabra facunda del Maese Mayor. Albergados en el Gran Salón de Protocolo que cada jurisdicción tiene en un lugar secreto, se agrupan según un escrupuloso orden de mérito y reconocimiento. La distribución de sus miembros en las sesiones obedece a un orden concéntrico, determinado por su jerarquía en el escalafón de socios: los Maeses de turno y los miembros de más alto rango departen sentados con orgullo sobre la efigie central del Salón; los Caballeros y Numerarios pululan con su cháchara dando vueltas por los alrededores cercanos; los Simples y Viandantes rumian repartidos en los recónditos flancos y los pasadizos diversos. No pocas veces el tema de conversación predilecto gira en torno a esta grave repartición de puestos. Con un átimo de exageración se diría, incluso, que es el fundamento principal de sus reuniones. Excepto los Jerarcas de turno, todos ven con deseo y envidia el frío granito de la efigie del Libro Azul, en el centro del aula; todos anhelan el momento en que puedan llegar a ocupar ese espacio. Algunos –aunque perentoriamente- van a lograrlo.
Porque la democracia de la fría estadística es la que gobierna al Club Aletrado, no el dudoso mérito de la casta ni el vano prestigio de la antigüedad de la membresía. La valía de cada cófrade (y su rango en el escalafón) se mide en proporción con un record singular e inapelable: la cantidad de libros que cada uno haya dejado de leer en su vida.
Así, es mejor considerado aquél que acredite el mayor número de ejemplares despreciados en una contabilidad que tiene en cuenta no sólo la palabra ofrecida, sino la constatación física del hecho.
El proceso de evaluación es simple: una semana antes de cada reunión, todos los socios presentan la lista de nuevos libros que han optado por no
leer en ese tiempo; una junta especial constata la existencia de los títulos y los clasifica según su volumen (hay una escala de puntos de acuerdo al paginado); dos días después, los socios acreditan sus listas con la entrega material de los ejemplares elegidos, virginales, intactos. Nerviosos y anhelantes, la noche anterior a la reunión, todos los socios aguardan los resultados de los nuevos escalafones.Hay quienes piensan que este procedimiento es oneroso y absurdo, ya que bastaría con no saber leer o ser ciego para asumir que se ha dejado de leer todos los libros del mundo. Pero el estatuto oral del club es bastante puntual al respecto: solo se puede despreciar bien aquello que se conoce -afirma-, nunca lo que se ignora. Ya en los primeros tiempos de la fundación del Club, un ladino analfabeto quiso escabullirse bajo el argumento de no haber leído jamás ningún libro (y, más aún, de no tener la posibilidad de llegar a hacerlo algún día) Como era de esperarse, fue repudiado al unísono. El público escarnio sentó jurisprudencia para sustentar que el valor a tener en cuenta en cada socio del Club consiste en la posibilidad de poder acceder a la lectura y aún así rechazarla. Ningún mérito se halla en la falta de tentación y la simple ignorancia; sí, en la negación, en la fortaleza de la declinación voluntaria.
Este último valor fue el que inició la tradición de acreditar los méritos de los socios con ejemplares concretos de los libros despreciados. La posesión física del objeto, el desdén a sus letras vacías, la tentación de una leve mirada, el definitivo rechazo. Muy pronto la cantidad libros abominados fue relacionándose con el nivel de identificación de los socios con los principios del Club; y muy pronto también con el prestigio y la jerarquía. Hoy, el número de ejemplares entregados ha ido creciendo exponencialmente hasta atiborrar locales propios y alquilados. Y sigue creciendo.
El invicto listado de libros sin leer que el Club ha llegado a atesorar es envidiable. Algunos cuentan que su número dobla largamente los catálogos de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos y de las más nutridas bibliotecas europeas juntas. Muchos presumen que en unos años habrán triplicado la cantidad actual de volúmenes, y que no está lejano el día en que su colección supere largamente la totalidad de libros vejados que todavía circulan como huérfanos viandantes en el mundo.
Pronósticos no disparatados calculan incluso que, en un futuro mediato, el Club Aletrado llegará a ser el único avieso protector de ese cada vez más raro objeto.
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