“a lean and evil mob of
mooncoloured hounds”
J. L. Borges.
mooncoloured hounds”
J. L. Borges.
Poco a poco había ido apartándose del mundo, que le parecía abyecto, cruel y salvaje, y terminó viviendo como un ermitaño de la ciudad, encerrado en su cuarto de pensionario de la calle Berlín, al costado del Embassy Room, donde se desnudan y dan licencia sobre sus cuerpos a cambio de dinero ciertas mujeres. En realidad, nadie en esa anónima ciudad que minuciosamente repelía lo extrañó ni echó de menos cuando inició su reclusión voluntaria, y casi nadie reparó siquiera que su figura delgada y taciturna ya no se deslizaba como una sombra por entre los afilados escritorios y las rumas de expedientes del hacinado juzgado laboral donde trabajaba. Quizá, en un momento de repentina lucidez, algún caritativo excompañero pensó alguna vez que el delgaducho asistente del secretario del 16 juzgado laboral que su mala memoria vagamente recordaba, había sido sólo un sueño de su imaginación trasnochada; o quizá la vendedora de café -menos piadosa- concluyó que su mudo cliente del pasillo seis había terminado por desaparecer de tan delgadito que era el pobre. Lo cierto es que su mínima presencia jamás incitó a la memoria, y la definitiva tarde de abril en que traspuso el amarillo umbral de su cuarto de pensionario, forzando bajo el brazo el peso de lienzos, pinturas y bastidores, decidido a prescindir definitivamente del mundo, éste ya había prescindido hacía mucho tiempo de él. No lo dominaba un afán solipsista, sin embargo. Tampoco una pasión mística ni el pavor a la ciega multitud (aunque lo sentía). Su propósito, menos solemne, algo tenía de estético, pero más de visceral: se sabía pintor.
Hay quienes piensan que el destino del artista -del real artista- puede ser aplazado, pero jamás anulado. El hombre, alguna vez, en las anotaciones de su diario, había corregido: “Albergan con fervor esta tardía esperanza quienes sucumben a las naturales urgencias de la subsistencia y postergan -vanamente y sin remedio, siempre- la decisión de su impecuniosa práctica”. Desde su juventud, había procurado no dejar que ésta fuera su circunstancia. A despecho de la soledad, la precariedad, la incomprensión y el desinterés público, había dedicado al sutil ejercicio de los vivos pinceles la guía del flujo de sus noches y sus días; un noviazgo trunco y la abandonada facultad de derecho quedaban como prueba de esa lealtad sin límites, ajena al brillo de las galerías y los premios cercenantes. Su ínfimo puesto en el juzgado laboral era el falaz vínculo que lo unía con el mundo, pero cumplía apenas una mera función alimentaria, sin ambición ni futuro; una o dos veces al año solía materializarse al compartir el brindis laboral en una reunión de protocolo; eventualmente ejercitaba la higiene sexual en alguna triste esquina de la calle Monroy; le eran desconocidos los parientes y amigos, y jamás cruzaba palabra con sus vecinos de piso al regresar de sus eventuales paseos, siempre nocturnos. Lo cierto, lo auténtico de su vida había transcurrido entre las paredes de su cuarto de pensionario. Allí, en todo momento, ocupaba su vigor en la composición de cuadros de imágenes absurdas e imprevisibles, nacidas de sensaciones y estados que quería presentir de los hombres y de las cosas. Con esperanzado denuedo, creía justificar así su existencia. Alguna vez pensó: “Me ilumina la claridad, y la pinto”. Otra vez escribió: “Quiero reproducir en colores mi pensamiento”. Pintaba durante las noches febriles y los ratos libres que le dejaba su trabajo en el juzgado; pintaba sin descanso, al mismo ritmo en que las sensaciones tomaban formas y colores en una imaginación que sólo vivía para comerciar con sus pinceles; creía asumir así su destino con humildad y disciplina. Sin embargo, cierto día, algo le hizo comprender que aún tanto esfuerzo de tiempo compartido resultaba torpe e insuficiente para su designio, y que su propósito precisaba no sólo de las noches, sino también de sus días.
El artista aplicado acostumbra mantenerse en guardia trabajando todo el tiempo mientras espera la llegada de la inspiración decisiva, súbita e inconstante. Contrariamente, el hombre había permanecido siempre en estado de iluminación creativa. Ese había sido su principal orgullo, pero también fue la causa de su total perdición futura. Durante los quince años que vivió repartiendo su tiempo entre los pinceles nocturnos y la abulia de su trabajo en el diurno juzgado, había sido un intuitivo, un ciego perseguidor de imágenes imprevistas. Su método era irreflexivo, pero eficaz y constante. Mientras cosía un expediente o preparaba la sentencia de un legajo rutinario, dejando a la mecánica inercia del cuerpo la labor crematística que detestaba, una o dos imágenes solían macerar en su pensamiento el lienzo que horas después se ocupaba de concretar en su cuarto. Ya en la noche, sin esfuerzo, surgía primero un color, una figura suelta; luego la composición, las líneas, el ambiente que redondeaba la sensación de unidad y conjunto en la obra. Daba a cada cuadro su propio tiempo y su propio ritmo de composición interna, medido y ordenado por la intuición evocadora de la primera imagen. Invariablemente, al terminar cada cuadro (y sólo al terminarlo), era visitado por una o dos iluminaciones nuevas. Así, conjuraba el habitual drama de las lagunas y lienzos en blanco.
Durante los últimos meses previos al encierro final, sin embargo, la oscuridad había arreciado. O más bien, un exceso de luz lo había cegado. La culminante tarde de marzo en que la imagen del disco de la luna apareció por primera vez en su pensamiento mientras separaba los legajos tributarios del último litigante del día, tuvo el primer impulso de borrarla, desaparecerla para dar paso a otras figuras más productivas y menos vulgares. Pero no necesito (no pudo) cumplir su cometido. La redonda luna se convirtió de pronto en la pupila izquierda de una mujer encaramada en un árbol, y el árbol en el cabello de una cabeza estrellándose en una pared gris, y la pared gris en el lomo escamado de un caballo, y el lomo en el mango de un cuchillo ceremonial a punto de desgajar el pecho de una virgen bajo el amparo de otra luna. Todo en la sucesión fatal de un segundo.
Y aunque esa noche pretendió escoger una o dos imágenes para pintarlas en la soledad de su cuarto, no pudo discriminar una de otra, ni tampoco pudo evadir todas las que siguieron después en un frenesí antes insospechado. Desbocada al albedrío del múltiple universo, su imaginación derrapó en un infierno que ejercía fascinación, una hoguera viva que le hacía evocar la imagen circular de la primera luna, y a causa de la hoguera y de la luna, pensaba en el colmillo plateado de un perro-lobo, que le volvía a evocar a la luna, un disco multiplicado en las trizas de la ventana de un auto estrellado en un río, el Tricordio de un cementerio en Pilcomayo, una zarigueya gris, el piano de Sam tocando una vieja canción, y de nuevo, otra vez, la imagen circular de la luna.
A partir de esa noche comenzó a sentir en todo momento la presencia de imágenes que se aglutinaban una sobre otra, superponiéndose en la incontenible espera de concebirse en formas de trazos y colores, de ser interpretadas y existir en un lienzo. El hombre comprendió que la dura sequía podía ser menos perniciosa que el tenaz diluvio. Desconcertado, aturdido, embriagado por un torbellino de imágenes nuevas, repentinas e infinitas, sintió paralizarse en la mortal inacción, en la simple acumulación tortuosa de nociones y formas fugaces. El sueño y la vigilia se convirtieron en el mismo infierno; el tiempo se hizo fugaz, inútil la reproducción mínima, torpe el trazo robado al sueño de la medianoche. El hombre temió el vacío, la existencia inútil. Ante la impotencia, no dudó en disponer del tiempo completo para intentar capturar en lienzo las imágenes evasivas, bajo cualquier costo. Una mañana de abril, renunció al juzgado; cobró su liquidación; se apertrechó para la soledad y el definitivo enclaustramiento.
La primera tarde de abril en que inició su concluyente encierro, el hombre no perdió tiempo siquiera en acomodar sus múltiples pertrechos cargados bajo el peso de la decisión irremediable. Apenas cerró la puerta de su cuarto de pensionario, exultante pero llano, con el natural ritual de la mudanza de piel de la sierpe, se despojó del viejo saco oficinista como emancipándose del grillete ruin de la certeza; remangó su camisa, improvisó el caballete, aspiró fuerte el aire de la nueva vida y pintó, olvidado del mundo, sin plan ni remordimiento, como siempre, sin bosquejo material alguno. Durante las horas -días, semanas, meses- siguientes, no lo perturbaron ni la música chirriante del Embassy Room ni el griterío de las mujeres de la calle Berlín disputándose con palabras de hombre la posibilidad del atroz sustento. Tampoco supo del frío ni de las molestias mínimas del hambre. Esa misma noche, con el pincel en la mano, pensó (si pudo hacerlo) que el mundo real adquiría forma en el mínimo vástago de un árbol que modificó diecisiete veces hasta que adquirió el aire otoñal que buscaba; se sintió renacer en cada trazo que dibujaba las rugosidades de su tronco; rozó la felicidad al percibir el matiz agridulce de una hoja desgajándose bajo el peso de la nalga desnuda de una tierna muchacha encaramada en sus ramas. Sólo cuando presintió las primeras luces del alba deslizándose entre las rendijas de su ventana, volvió a tener conciencia de su determinación absoluta. Hacia el mediodía siguiente tomó un breve descanso, suficiente para satisfacer la mínima reposición de energías del cuerpo, y enseguida volvió a su labor, absorto, férreo, imperturbable.
En ningún momento de su encierro dudó ni asomó en su rostro una mínima sombra de arrepentimiento. Se sabía transcriptor de un secreto innominable y sentía el orgullo de poseerlo. Sus primeros dibujos fueron trazos de figuras más o menos bien definidas, pero de distribución caótica, como imágenes desparramadas y superpuestas una sobre otra, sin más lógica que el orden temporal en que acudían a su memoria. El primer cuadro de esta etapa, culminado en la mañana siguiente del primer día, presentaba en la parte superior a una pareja encaramada en la copa de un árbol; en el extremo inferior derecho, la boca oblicua de una trompeta de jazz, y en medio y como una transparente imagen de fondo, la hoja de un calendario donde se marcaba un día: viernes diecisiete. Dos características tenía este cuadro que irían repitiéndose meticulosamente en los siguientes: el predominio de un color cenizo de ensueño y alguno trazos agudos, fuertes, como hirientes, a más de un fondo donde los colores se confundían como el fantasmal despertar de una tenue madrugada.
El éxtasis desconoce el tiempo, lo anula, lo niega, porque su existencia hace evidente la precariedad de toda vanidad humana. Durante semanas y meses el hombre ignoró el paso de las horas, consumido en el imposible proyecto de plasmar en el lienzo todas las imágenes de su incesante memoria. No supo de las necesidades ni de las dolencias del mundo externo; prescindió del sol, desdeñó el hambre, repudió el calor de otro cuerpo. Una mañana de otoño, sin embargo, comprobó que la más mínima distracción material, la más pueril y absurda, puede encarrilar todo sueño en la fatalidad de las horas. La culminación de un cuadro donde una monumental matrona vista de espaldas depositaba su desnuda humanidad sobre la almohada al amparo de una luna menguante, le descubrió que había agotado la posibilidad física de su pequeño cuarto. Al querer bajarlo del trípode para guarecerlo con la serie de anteriores cuadros e iniciar raudo la composición de otro siguiente, un mínimo ámbito lo inmovilizó en la revelación del desorden y la carencia de espacio disponible para el simple almacenaje. Atiborrados en todos los rincones de su habitación, encima del velador, debajo de la cómoda, dentro del ropero, sobre y a un costado del abandonado sillón de descanso, decenas de cuadros proliferaban como desatendidos hijos que sin el amparo del ojo creador medraban a su suerte. Detuvo su trabajo por primera vez en su encierro, y se dedicó a organizarlos.
No fue una tarea sencilla, como inicialmente supuso. La lógica hubiera deseado que simplemente los cogiera uno a uno y los colocara en una fila de ataúdes listos para el eterno descanso. Sin embargo, la curiosidad, la fuerza de la memoria que busca reinventarlo todo en la revisión del pasado, lo hicieron detenerse en la contemplación detallada, en el regodeo primero orgulloso, luego extrañado y finalmente incrédulo de la revisión de sus imágenes. Con los ojos nuevos del crítico desdoblado en el tiempo, repasó uno a uno todos sus cuadros; se descubrió primer observador de sus vacilaciones, de su pulso febril, a ratos atolondrado y difuso; su mirada severa dictaminó algunos deméritos y no pocas imperfecciones. En la parte inferior del primer cuadro, el de la pareja en el árbol, intuyó el error en la deformación de la boca de una trompeta, semejante más al oscuro pasadizo de un cañón que a la flor abierta del clarín; en el perfil de una puerta del tercer cuadro percibió el desliz del pincel que torcía el quicio semejando a su vez el inopinado perfil de una sombra intrusa.
Al principio atribuyó al nerviosismo, a la premura y a la falta de método todos los posibles errores de su febril pulso, y se ruborizó por la impericia. Pero luego (después de todo el hombre se sentía artista, y la vanidad formaba parte de su médula) justificó las anomalías en la intuición de que esas deformaciones fueran más bien parte de un diálogo subterráneo, de pasadizos interiores tendidos entre lienzo y lienzo. Más allá del variopinto caos de imágenes sueltas con que la fiebre había guiado sus pinceles durante el encierro, creyó observar una serie repeticiones, un enlace de detalles que agazapados en la nebulosidad del aparente desorden organizaban quizá el caleidoscopio de la obra total, la imagen global apenas burdamente presentida en sus partes; entre las rugosidades de un tronco del primer cuadro imaginó los rasgos de una torva nariz que se complementaba con unos ojos escondidos entre los ladrillos de la pared del segundo; en los restos de un auto estrellado en un río descubrió los trazos de una mano enguantada enlazada a las manecillas de un reloj camuflado entre las lápidas del cementerio de Pilcomayo.
Esa madrugada, agotado, sosteniendo sobre el pecho el lienzo de un hombre que se golpeaba la cabeza en la pared de una sala, se soñó alpinista escalando la cima de un ansiado pico. En el sueño, la inminencia de la cúspide abrasó sus temores de montañista imaginario; presintió cercano el fin de su empresa; la nostalgia hizo volver su vista hacia abajo. El abismo no lo arredró, pero las salientes de las rocas en las que se había apoyado, las matas de ichu listas para el sostén elevadizo del cuerpo, le sugirieron un camino obvio, la transparencia de una escalera elemental, absurdamente antes ignorada. Se despertó con la amarga conciencia de que la ley del alpinismo obliga al escalador no volver la vista hacia atrás en la cúspide de la ansiada cima.
Al volver del sueño a la miseria de su impoluta soledad de pensionario, sin embargo, no tuvo que esforzarse más para recorrer la imagen final que la tormenta de las últimos meses había arreciado en su memoria. Finalmente, en un rapto de lucidez, lo supo todo. Sacó algunos cuadros del montón que había ido apelotonando en los rincones, los colocó uno sobre otro de modo tal que pudiera tener una mejor visión de todos en conjunto. Como un mosaico gigante las piezas fueron calzando una a una sugiriendo una forma que al principio no pudo -no quiso- ver. Allí estaba el primer cuadro de la muchacha en el árbol, el hombre golpeándose en la pared, la virgen sacrificada al amparo de la luna, la matrona asentándose monumental sobre la almohada. Pero detrás de esas imágenes y siempre como una forma borrosa, en uno vislumbró la cabeza, en otro intuyó una mano, las piernas, un rostro de perfil, descubrió la figura gris de un hombre seccionado en las distintas partes de sus cuadros. Descubrió en la boca de la trompeta el cañón de un revólver cuyo tambor se mimetizaba en los restos de un auto caído en un río. La azulada luna en cuarto menguante del último cuadro calzó como el preciso gatillo.
Tan pronto logró comprenderlo todo, disparé, sin pena, sobre su odiado cuerpo.

1 comentario:
He leído de un tirón este terrible cuento. No sé si lograré recuperarme del certero disparo que resuena y resuena como si mi tiempo se habría rayado al jalar el gatillo. La construcción del cuento es como una tempestad, que comienza con vientos huracanados, lluvia meticulosa, azotes. La malignidad de Borges dirigiendo la música y letra, desaforadamente, mientras dura el temporal, salpicando de pintura negruzca el relato hasta el silencio final.
Lo he disfrutado como un perro color de luna; y muero bien.
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